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El robusto roble le dijo a la humilde y frágil caña: No me extrañaría que te quejaras de tu mala suerte, ya que la naturaleza te ha hecho tan extremadamente frágil que hasta el peso del pájaro más pequeño te obliga a inclinarte. Y ya no digamos cuando sopla el viento o arrecia la lluvia. Mírame a mí, en cambio: mi soberbia copa planta cara a los rayos del sol y no temo los embates de las tempestades, que me parecen suaves brisas. Es una pena que no hubieses nacido al abrigo de mi follaje, porque así podrías vivir tranquila: yo te defendería del viento y de las tormentas. La caña contestó:
No te preocupes por mí, pues el viento cuando arrecia hace que mi tallo se doble, pero no se rompe. Puede que sea peor para ti, aunque parezca mentira.
Mientras hablaban, empezó a soplar un viento fuerte que se convirtió en un terrible huracán. El roble resistió con todas sus fuerzas hasta que el viento arrancó su tronco de cuajo. La caña al verlo, inclinó su tallo y dejó que pasara por encima de ella, sin rozarla siquiera. Después, el viento cesó y la caña volvió a alzarse, mientras que el roble yació en tierra.
(Autor desconocido)
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