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Todo lo que ganaba en sus diferentes trabajos lo invertía en esquejes y abonos. --Donde haya una flor –solía decir--, donde oscile una hoja y tiemble un fruto, allí hay un fragmento del Paraíso que quiere ser visto, oído y sentido. Todo lo veía verde, frondoso, exuberante. Incluso en los momentos de mayor desesperación y soledad decía oír el murmullo de los manantiales y vislumbrar una ondulación de gramíneas bajo la brisa del mediodía. Bastaba que alguien le dijera que tal o cual árbol no podía crecer en tal o cual lugar para que, a propósito, y para contradecirlo, el sembrador de imágenes paradisíacas se adentrase en esas mustias tierras de nadie o en baldíos infectos para plantar allí un violáceo pensamiento o un rosal, especies que, por lo general, sobrevivían y prosperaban. Un día se le ocurrió que debía llevar un almendro al desierto. Lo plantó en medio de un círculo de ágaves y de cactáceas, cavó y trazó acequias a su alrededor, pero, aún así, el almendro no floreció, aunque tampoco murió.
Cada
año, entre viaje y viaje, el hombre visitaba al almendro y se admiraba de su
resistencia. Todo lo que lo rodeaba estaba lleno de vida, incluso el
microclima del desierto parecía haber cambiado en ese sitio cuyo eje era el
árbol silencioso, que no soltaba hoja ni flor. Llegada su hora de partir de
este mundo, el sembrador de imágenes paradisíacas quiso ver por última vez
el almendro. Librar su última batalla entre el “no” del desierto y el “sí”
del hombre. Había sido un otoño lluvioso. El paisaje olía a ozono, la luz
era tibia. El bastón de bambú lo sostenía con dificultad. Se acercó al árbol
y tocó su oscura corteza con cariño, como si acariciase a un familiar.
--Aunque mis ojos no te hayan visto en flor –le dijo--, no por eso dejaré de
creer en tu hermosura. Fue entonces que ocurrió el milagro, en un diminuto
agujero del tronco, húmedo y lleno de savia, el hombre entrevió un atrayente
destello. Inclinándose con dificultad descubrió, en ese hueco, pétalos y
cálices que nunca había visto, estambres de oro en campos azules, una nube
de polen flotando sobre el más negro de los abismos, verdores infinitos bajo
la atención de sus gastadas pupilas, el secreto y apócrifo Paraíso en
testimonio del cual había actuado siempre. (Desconozco el autor)
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